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Longevidad decadente y el peligro del ladrillo

Génesis 11 es un capítulo muy raro porque mezcla dos cosas: una historia de esas con moraleja sobre la soberbia humana (en realidad una crítica hebrea a las civilizaciones vecinas más avanzadas), y una de esas inefables listas genealógicas que permiten unir a los diversos personajes en una línea hereditaria continua from the beginning of the time, o sea, desde el principio de los tiempos.

Así que voy a empezar por esta parte, por aburrida, para quitarla de enmedio cuanto antes. Aunque, bien mirado, tiene algunas curiosidades.
Gén 11:10 Estas son las generaciones de Sem
El capítulo describe la linea que une a Sem, hijo de Noé (recordemos que es descendiente directo de Adán), con Abram, el hombre luego conocido como Abraham, padre de los judíos.

Según el texto, Sem vivió 500 años, que ya son años, pero a partir de ahí algo pasa.
Gén 11:11. Y vivió Sem, después que engendró a Arfaxad, quinientos años, y engendró hijos e hijas. 
Se ve que algo se deteriora en eso de la calidad de vida:
Gén 11:12-13. Arfaxad vivió treinta y cinco años, y engendró a Sala. Y vivió Arfaxad, después que engendró a Sala, cuatrocientos tres años, y engendró hijos e hijas. 
Arfaxad vive 428 años. Bien. Sala su hijo vive unos 433 y su nieto Heber 464. Edades más o menos patriarcales.

El siguiente de la lista es Peleg, que baja a los 239 años, Reu y Serug andan por los 230 y pico, también. La media ha bajado casi al 50%.

Nacor baja hasta los 138 años. (Un chaval, era un chaval cuando la espichó).

Vamos, que la longevidad decae a pasos agigantados. Menos mal que Taré, padre de Abram mantiene alto el pabellón, pero no mucho:
Gén 11:32. Y fueron los días de Taré doscientos cinco años; y murió Taré en Harán. 
En fin, después de esta curiosidad numérica, volvamos a lo interesante del capítulo, que es ni más ni menos que la historia de la Torre de Babel.

Los males del ladrillo vienen de lejos

Al principio todo el mundo se entendía y no necesitaba clases de idiomas:
Gén 11:1. Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. 
Esto debía ser práctico, ciertamente, pero juntas unos cuantos seres humanos de tertulia y  con mucho tiempo libre y se les empiezan a ocurrir maldades. Vamos, que te la lían:
Gén 11:3-4. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. 
Se ve que no recordaban mucho de la historia de Caín y Abel y de lo poco que parecía gustarle a Dios eso de que los hombres se estableciesen sedentarios y fundasen ciudades y, de paso, la civilización. La omnisciencia tiene esas cosas, que lo sabes todo, incluso el futuro, y de aquellos polvos, digo ladrillos, vienen estos lodos. Dios sabía la que se iba a liar con el ladrillo y la burbuja inmobiliaria y se dijo que había que detener a aquella panda.
Gén 11:6. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. 
Pero, esta vez, en vez de abrir las compuertas del cielo, provocar terremotos, y exterminar a todo bicho viviente, Dios decide que, mejor, los liamos un poco:
Gén 11:7. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. 
Pues nada, hace que cada uno hable un idioma distinto y, como no se entienden, se descoordinan y de la mutua incomprensión llega la separación. Oye, y sin cargarse a nadie. E inventando de paso la enseñanza de idiomas.
Gén 11:8 Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. 
Que debió quedar aquello, como esas urbanizaciones que se quedan sin financiación a medio hacer, que ni los okupas quieren irse a vivir allí. Por supuesto, la ciudad es bien conocida:
Gén 11:9 Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra. 
Babel, Babilonia, la encarnación del mal, el archienemigo, la némesis. Vamos, la mala de la película bíblica.

Aunque, a decir verdad, yo no tengo muy claro por qué este pasaje siempre sale aquello de la soberbia humana y el castigo. Vale, que querían inventar los rascacielos (más bien tener una torre de observación astronómica de altura decente, diría yo).

Supongo que a los hebreos, pueblo nómada y bastante poco avezado en el conocimiento científico de la época, cualquier ocasión les parecía buena para poner a caldo a pueblos vecinos más avanzados establecidos en ciudades y mucho más prósperos en general. Vamos, una reivindicación de su modo de vida de pastoreo. Les debía parecer bastante ridículo que los sumerios tuviesen la escritura, la contabilidad, o una astronomía bastante práctica.

Habiendo tiendas quién quiere una casa de adobe.

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